A mis Seres Queridos (reflexiones a la muerte de mi abuelo en 2006)

En cierta ocasión, la marea infinita empezó a dar vueltas, y formo, con un gran estallido lo que conocemos hoy.

En la tribuna de lujo de una sociedad humana que vive cómodamente, todo parecía eterno.

Ciertamente se sabía que así no era, más no obstante, y con la suerte de una vida cómoda, se rezaba para que así fuera.

En las noches en vela, chispas de tiempo en un océano cósmico, la depresión o la desesperación podían llegar de solo pensar que la vida cambia y evoluciona.

 

Y como todo, muere.

 

Si algo ha enseñado la ciencia al ser humano, es que nada es para siempre. Y con la contundencia de un yunke. Con la contundencia de un martillo.

Nada es para siempre. Ni las personas, ni los animales, ni las plantas. Nada es para siempre. Ni las montañas, ni los continentes, ni los océanos. También se descartan soles, galaxias y hasta los mismísimos pozos oscuros que lo absorben todo en ese gran universo. El universo, también se muere. Hasta las partículas que todos nos parecen que duran por siempre jamás, un día desaparecerán. No habrá protones.

 

Todo vive, evoluciona, se alimenta, cambia de estado, y muere.

 

En esa perspectiva, es desesperante. Una vida de grandes obras, y luego ¿nada? Como si jamás se hubiera existido. El universo que nos muestra tanto el espacio-tiempo, como el mundo cuántico, es una burda burla.

Los humanos solemos pensar que somos algo. Con esa perspectiva. No somos nada.

Los humanos morimos también. La civilización desaparecerá. Un día no existirá ninguna prueba física de nuestra existencia.

 

Y en conciencia mi ser dice ¿todo muere?, ¿nada permanece?. Mi ser un día será, con un poco de suerte, un ancianito. Mi ser no sabe si ese ancianito será querido u odiado. Acompañado o no. Cuando ese día llegue, si mi ser tiene suerte, tendría familia por debajo, pero todos los seres queridos, o en su mayoría, los que conoce ahora, no existirán.

Habrán muerto. Lo que a mi ser le ha pasado con su familiar, con su abuelo, no es más que el principio, de un principio ancestral que le afectará hasta el mismo. Con el tiempo.

 

Mi ser se mira la mano y piensa… “en una chispa del tiempo cósmico, no existirás, no existiré”. Ese trozo de carne, se habrá disuelto.

Esa es la visión que me muestra la ciencia. ¿La acepto sin más? No. Me niego rotundamente. Eso no es así. El abuelo de mi ser no ha dejado de existir.

Como un niño enrabietado, maldigo todo lo que haga pensar que nada es para siempre.

 

Además de ciencia, el ser humano tiene otro brazo. Ese brazo da a los que le escuchan la esperanza que abominablemente nos arrebató la ciencia. Esa esperanza es lo que dan las ganas de existir, y uno no se agarra a ese brazo por desesperación, si no por convicción. Ese brazo nos dice una cosa.

 

“El alma, es para siempre. Existe y es inmutable. No la afecta ni el tiempo ni el espacio. Es incorpórea, y no la afectan las fuerzas del universo.”

 

No habría mayor insulto que decir que el alma no existe, o que el alma puede morir. La grandeza del ser humano es esa. Recipiente del Alma. Si el recipiente muere, el alma estará ahí. Inmutable, por los siglos de los siglos.

 

Mi ser sabe que esa despedida, ese acompañamiento en los últimos momentos. Ese beso post-mortuorio en la frente. Todo eso que a cualquiera le haría temblar de miedo por la visión de la muerte, y que a mi ser, al contrario, le tranquilizó el alma, no es en vano. El abuelo de mi ser, realmente estaba ahí.

La ciencia se basa en espacio y en tiempo. Y según eso,  mi abuelo solo había muerto. Ingenua ciencia.

Mi ser le sintió. Le vio irse, y sabe que no murió. Ha visto morir a una persona, y por eso puede afirmar, que “eso” no es morir. A eso, mi ser no lo llama muerte. Por que, sencillamente, no lo es.

 

Toda gran perdida se llora. Y se llora por que no estará allí. Ha ocurrido un cambio. Los seres humanos somos miedosos al cambio. Mi ser lloró. Hasta el último rincón del universo, llegó el lamento. Como con cualquier ser querido que muere en otra parte de este mísero mundo. Los lamentos llegan. Y son escuchados. Las respuestas a esas escuchas ahí que saber escucharlas. No siempre son directas.

 

Vosotros, queridos míos. Seres humanos, Seres a los cuales yo aprecio, amo y quiero, erais esa respuesta a mis lamentos. Mi ser nunca os estará lo suficientemente agradecido. Estuvisteis ahí, y me apoyasteis. Por eso os diré la palabra que nunca morirá, ni por todos los universos, galaxias ni estrellas que mueran. Os diré la gran palabra del agradecimiento.

Gracias.

Y se podría añadir.

Muchas Gracias.

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