Crítica Personal al Mundo Contemporáneo (VI): Democracia

6. Democracia

En la antigua Grecia, existían múltiples “polis” o ciudades-estado. Todas se regían por diferentes sistemas políticos. Uno de ellos era la democracia. Era practicada, por ejemplo, en Atenas. Mientras tanto, en otras “polis” existían otros sistemas políticos, como la Aristocrática Esparta.

Hay que tener en cuenta que entonces otra filosofía (aunque hayamos heredado la cultura griega) y otra visión del mundo era la que regía las cosas. Los griegos tenían su noción como tales, pero se debían a su ciudad. Este “auto-gobierno” era perfectamente válido para ciudades no demasiado grandes (comparado con los Estados actuales). Aquí podríamos decir, que la democracia en Atenas era la más pura, pues todos los ciudadanos con derecho a ello participaban de la vida política, mostrando sus ideas y teniendo sus votos.

Pero tal visión de las cosas es incompatible para grandes Naciones como son las de hoy en día. De hecho hubiera sido incompatible en aquella época si se hubieran unido pacíficamente todas las “polis” en una única nación griega (como haría más tarde por la fuerza el padre de Alejandro Magno).

 

La definición de Aristóteles, por otra parte, no puede ser más reveladora. La democracia es la dictadura de la mayoría. Parece contradictorio. Pero analizándolo, es cierto, pues lo que acata la mayoría, también se es impuesto a la minoría, aunque esta no quiera (obviando si es malo o bueno lo impuesto).

Pero de manera extraña, este filósofo griego también señalo que a la Republica como un buen sistema de gobierno. Esta incompatibilidad aparente radica en las diferentes visiones del mundo que tenemos con ellos.

 

Hoy en día, nuestras democracias son concebidas como algo bastante diferente a una cámara de ciudadanos. Como es imposible que millones de personas entren en un mismo lugar, como en la antigua Atenas, los ciudadanos eligen a alguien que les represente en su lugar. Pero ese alguien pertenece a un partido, y siempre será afín a los intereses de su partido, no al de sus votantes, que ilusamente creerán otra cosa. Y es que los intereses de uno, no tienen que ser necesariamente los intereses de su representante.

 

Así pues para elegir un mandatario, se vota. Y por mayoría se elije al más votado. La minoría tendrá que aceptar como representante al más votado. Es diferente al concepto inicial, pero es la única solución aparente al problema de la masificación de la democracia, aunque se convierta en una aristocracia (y muchas veces oligarquía) disfrazada.

 

Partiendo de esto, nos encontramos con que las minorías han de acatar lo que digan las mayorías. Las minorías se verán entonces comprometidas en sus intereses. ¿Pero cuando se ha de acatar lo que diga la mayoría?

 

Aunque critiqué la Ilustración, la Revolución Francesa y sus productos modernos, así como el librepensamiento, he de decir que la Razón es la medida a tomar. Aunque matizando cosas, que la hacen muy diferente de la supuesta “razón” que abanderaban las anteriores. A esto me atañeré más adelante.

 

Una ley debe estar basada en la razón, es decir, en un razonamiento lógico, y este ha de estar basado en la verdad. La verdad esta por encima de la ley. Aunque científicos, legisladores, ministros, y la sociedad entera me indique que la mar es violeta; este siempre será azul, porque así es en realidad.

Esta anterior exageración responde a contrastar que una ley basada en el relativismo, es injusta de imponer aunque lo diga la mayoría. Y es aquí donde falla la democracia. En tener la ley por encima de la verdad.

 

Winston Churchill citó que la democracia era el peor de los sistemas, si omitimos el resto de sistemas políticos.

Es como decir que la inyección letal es el peor de los sistemas de ejecución, obviando todos los otros. No ayuda decir que algo que no funciona es mejor que otras cosas que no funcionan, y pretender usar la primera porque no hay nada mejor. Habrá que buscar soluciones. Usando una alegoría, en una fábrica industrial sería el suicidio usar “lo mejor de lo peor”.

 

Defendemos la democracia como se defendió en su día otros sistemas políticos. Con la misma bandera de progreso, libertad e igualdad. Pero con los mismos fatídicos resultados. Luchamos por algo que no sabemos exactamente lo que es, como muchas otras cosas, y encima, sin poner solución a sus deficiencias.

 

Un sistema político justo, debería estar basado en la Razón (no racionalista), en la Verdad, y en la Persona Humana. Las mayorías o las minorías deben de poder elegir siempre y cuando sus intereses no tiendan al absurdo, lo injusto o lo estúpido, contraponiéndose a sus prójimos. Partiendo de esto, habría que modificar bastantes cosas de nuestras democracias antes de tener algo que podamos considerarlo bueno, y callar la famosa cita del antiguo primer ministro de Gran Bretaña.

 

Aunque ningún sistema político, presuntamente, será bueno por culpa de los egoísmos y de la corrupción, vale la pena intentarlo.

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