Sueño Perdido

El viento azufrado soplaba con fuerza, mientras me encontraba viendo el espectáculo con incómoda presencia. Rojo fuego que salía de los volcanes que al fondo escupían sin cesar lava con tal violencia, que parecía que la tierra emanaba pus. Un pus que desde el centro del alma brotaba en forma de roca incandescente.

Olía mal. Muy mal. Pero me daba igual. Desde mi sillón de roca dura observaba todo esto con magnífica sensación de superioridad. Mi corazón sangraba, y mi ser chillaba como volcanes en erupción. En aquel momento me vinieron unas ganas de reirme de manera sobrenatural, de manera loca, maniática… poderosa. Y que todos los seres sucumbieran de terror ante mi portentosa presencia.

Vestía una elegante casaca roja y negra. Unas botas oscuras de cuero que me llegaban casi hasta la rodilla. Los pantalones acampanaban con el mismo rojo que mi prenda superior. Elegantes puñetas negras adornaban mis muñecas.

Era arcaico. Era mi alma. Visión de mi mismo que saboreaba esa anticuada vestimenta como si me poseyera hasta lo más hondo.

Rayos destructores tronaban en el horizonte, confundiéndose en mis esporádicos gritos de desesperanza.

    -¿No crees que te estas pasando un poco?- dijo una voz femenina por mi espalda.
    -¿Qué más da?- dije yo.
    -¿Cuánto llevas así?
    -Respóndete tú misma.
    -Dos meses, tres… diez años…
    -Bien lo sabes, querida.- gruñí con sarcasmo.
    -No me gusta hablar aquí. ¿No tienes otro lugar algo más… acogedor?

Me levanté de mi asiento y me volteé. Allí estaba ella. Más hermosa que nunca. Un vestido precioso blanco, con adornos y ribetes dorados. Aterciopelado, ceñido a su cuerpo, con el cuello alto, los brazos desnudos. La falda la llegaba hasta los pies, cayendo de una manera preciosa y glamorosa. Sus zapatos blancos acompañaban el resto del conjunto como si una sola pieza de museo se tratase. Su pelo azabache iba recogido dejando caer en su frente, y en su torso unos pocos y maravillosos mechones que la hacían más bonita aún.  

    -¿Qué quieres? – volví a repetir.
    -Cambia el lugar. No me gusta.

Cerré los ojos emitiendo un bufido. Al abrirlos nos encontrábamos en una cafetería futurista de líneas suaves. La luz era tenue, y un ventanal que ocupaba la pared del fondo casi en su totalidad mostraba el planeta Saturno desde una cercanía artística. Las estrellas brillaban de fondo al compás  del suave movimiento de rotación de la nave, que poco a poco iba mostrando más detalles del gigante gaseoso. La iluminación era azulada.

Mis ropas en ese momento cambiaron a un uniforme militar blanco y dorado, a juego con el vestido de ella, quien seguía vistiendo su magnifico conjunto.

    -¿Contenta?

Ella sonrió, y yo me sobresalté. Me castigue por ello en lo más hondo de mi alma.

    -No te fustigues. – me dijo- ¿quieres bailar un poco? Sé que te gusta.
    -Sabes que no sé bailar.
    -Sé, que aquí bailas como el mejor bailarín.
    -¿Por qué me haces esto?
    -Bailemos, cariño.
    -No me llames así – no tengo derecho. No soy nada tuyo.
    -Bailemos… por favor.

Una música suave y melódica empezó a bañar la estancia, mientras las sillas y las mesas del enorme salón que era la cafetería se iban apartando hasta desaparecer. Nos acercamos mutuamente, y mientras mi brazo derecho la cogía la cintura, mi mano izquierda agarraba la suya.

    -Mucho mejor. Dónde va a parar.- soltó tranquilamente mientras se acomodaba en mi pecho.

Yo me mantenía tenso y erguido, mientras bailábamos al son de las estrellas, con el planeta anillado acompañándonos.
 
    -Habla.- la ordené. – ¿Qué es lo que quieres de mí?
    -¿Qué voy a querer?

Era tan suave, tan preciosa…

    -Estaba a gusto solo. Me sacas de mí retiro, ¿y no quieres nada? Llevo sufriendo por ti estos últimos meses lo indecible. No me hablas, no me respondes. Me ignoras. Vuelves otra vez…. – hablaba desgarradoramente, mientras algunasn lágrimas empezaban a aflorar de mis ojos.

Ella silbo de manera tranquilizadora.

    -… a mis pensamientos y no me dejas en paz cuando me he propuesto olvidarte. Pero luego en la realidad…
    -Ya, ya.
    -No haces nada. Te declaré lo que sentía, y ni tuviste la dignidad de ni siquiera rechazarme. Y ahora tengo que olvidarte en contra de mi voluntad, y sin saber la razón.
    -Ya me conoces. Ya sabías que yo era así. Accediste a los riesgos tú solo.
    -No es justo – sollocé- ¡Pero que te voy a contar a ti! Al menos podrías desaparecer y hacérmelo más fácil. ¿De qué me he enamoré? ¿Qué es lo que tienes?-
    -Mi alma.
    -Tu alma…
    -Amas mi alma. No lo que hago, si no lo que soy. Ves en mi una belleza única e irrepetible, algo que no eres capaz de comprender, sino de sentir. Tengo muchos pecados y defectos, como tú. Pero tú me amas por encima de esas cosas que deploras y aborreces…
    -¿Sabes? Cuando hace diez años me di cuenta de lo que sentía por ti, no me imaginé que estaría medio lustro pasando tu silencio, y que sería, tras varios intentos incapaz de olvidarte. Y sobre todo, fui incapaz de imaginarme tus desprecios.
    -Cosas de la vida. Las personas no somos cómo te esperas.
    -Te caíste del pedestal varias veces. Me parecías egoísta, egocéntrica, viciosa. Y a pesar de eso, te vi generosa, amable, pura…- continué.
    -Te contradices, cariño.
    -Te he dicho que no me llames…
    -¡Cariño!

Bufé desesperado mientras continuábamos bailando. Era una escena de ensueño.

    -A veces me daba la sensación que yo también te atraía. Me tratabas tan bien…
    -Eso nunca lo sabrás. Aunque apostaría que no.
    -Podrías decírmelo.
    -¿Para qué, cariño?
    -¡Por favor!
    -¡Amor! – insistió la dama.
    -Lo empeoras, así. ¿Quieres que dejemos el baile y me vuelva a mi trono infernal de desesperación.
    -No. Aquí estamos a gusto.
    -Me chillaste, me subestimaste… me enfade, te deje de habla un año… no te conseguí olvidar…
    -Y me volviste a escribir una bonita tarjeta…
    -Y volvimos a ser amigos… pero no nos veíamos.
    -Las cartas e Internet tienen ventajas…- afirmó ella.
    -Me dejaste de hablar a los dos años…

Ella emitió una sonrisa picarona.

    -Ya te lo dije… te dije que no supe que me pasó.
    -¿Cómo ahora?
    -No lo sé. Tal vez ahora sí lo sepa.
    -Cuatro años de silencio… y no sabes qué paso…
    -¿Y quién lo sabe? ¿Sabes tú por que haces lo que haces?
    -¿No me dijiste la razón real por vergüenza?
    -Tal vez. Eres tan mono cuando te desesperas…
    -Lo dudo.
    -Haces bien dudando. En fin, esto último no ha sido ocurrencia mía, como bien sabes.
    -Me volviste a hablar, y por fin volví a verte.
    -Quizás aquí te subestimas tú. Te menospreciaste tanto, que cualquiera te aguanta.
    -¿Tan grave fue mi error? Te agasaje con mis consideraciones y mis regalos nada baladí. Y mis esfuerzos en realizarlos tampoco lo fueron. Me quedaba hasta altas horas de la madrugada preparándolos…
    -No debiste hacerlo.
    -Después de vernos la comunicación empeoró. ¿Por qué?
    -No tengo respuesta. ¿Demasiado pesado tal vez, cariño?
    -¡Y dale con “cariño”!
    -Tú los ofrecías gratuitamente sin pedir nada cambio.
    -Ya. Pero no es justo acuchillar a quien te quiere incondicionalmente – la inquirí.

En ese momento me separé de ella. Y la música cesó.

    -Llevo 10 años amándote. E intentado que lo que eres tú ahora no se convierta en un pedestal idealizado. Queriendo ser realista.
    -Bonita manera de hacerlo obsequiándome con este precioso conjunto. – ironizó ella mirándose su propio porte.
    -¿Por qué me dejaste de hablar? ¿Tienes pareja? Me rechazas y punto.
    -Cariño, desde tu perspectiva tal vez. Pero ponte en mi lugar. Ando liadísima entre trabajo y estudios. No tienes la menor idea de lo que estoy pasando ahora. No me juzgues tan a la ligera.
    -¿Cómo tú lo haces? – la acusé.
    -Tal vez no lo haga. Te has respondido a decir que llevas 10 años detrás de mí. Después de tu última carta declarándote, las cosas quedaron expuestas, y tú no tenías oportunidad. Yo no tenía la obligación. No somos nada.
    -Hablo la del “Cariño”.

En ese momento, todo el local desapareció en un viento huracanado, dejando tras de sí una calle de la época de la Grecia clásica con fuentes, esculturas, bustos y columnas adornadas con la figura de ella.

    -¿¡Y qué hago con todo esto!? – la grité desesperado.
    -Destrúyelo.
    -¡No quiero! ¡Te amo!
    -No te obsesiones conmigo. Esta ‘polis’ que me has dedicado es preciosa, pero es enfermiza.
    -Si al menos quisieras hablar conmigo…
    -¿Como ahora?
    -Como ahora.- la respondí.
    -Tú eliges. O te quedas con todo esto que has construido durante tantos años, o lo demueles hasta sus mismos cimientos.
    -No es tan fácil. Pienso mucho en ti. Son diez años enamorado…
    -Un día me casaré, tendré hijos tal vez…
    -¡Basta! ¡Basta! – grité desesperado, a la vez que todo explotaba en mil pedazos en una explosión descomunal.

En aquel momento, tras una tormenta de arena proveniente de la destrucción del lugar, volvimos a aparecer en el salón dónde bailamos previamente.

    -No lo entiendo. Apareces de una manera espectacular para sacarme de mi dolor, para ahora decirme que tengo que destruirte.
    -Yo soy lo qué soy. Y te estoy agradecida de mi existencia. Nunca me imaginé que me harías tan preciosa. Nunca imagine que tu amor me embellecería tanto dentro de ti. Pero yo no soy ella.
    -Me has hecho sentir, a pesar de no haber sido nunca nada tuyo, muy dichoso. Fue un sentimiento que nunca había tenido. Ni todo el dolor que me inflijas cambiará ese agradecimiento.
    -Lo sé. Por eso soy tan bella aquí.
    -No quiero olvidarte.
    -Yo he aparecido en tu fantasía de dolor solo para hacerte razonar. Tú has de tomar la decisión de matarme o no. Mi labor aquí esta hecha, cariño.

Empecé a llorar incontroladamente.

    -No he amado a ninguna mujer en mi vida que no seas tú. Solo he estado enamorado de ti. De tu alma de tú ser. Y me has destrozado tanto estos últimos meses que ahora me siento sucio e inservible. Me he percatado de que no soy digno de nadie. No quiero hacer sufrir a nadie con mi egoísmo, y mi existencia. Me odio. Me culpabilizo hasta del hecho de ser yo un hombre, que parece solo desear una mujer por el hecho de ser un sexo opuesto. ¡Cuando detesto eso! ¡Cuando eso es pura mentira! ¡Yo lo niego! ¡Yo lo maldigo! ¡Yo me maldigo! Por eso quiero volver al infierno del que me viniste a sacar antes. Al infierno de mi soledad.
   
-Eso te matará.
    -¿Qué más da? Solo Dios me mantiene vivo y con esperanza.
    -Aferrate a Él. Pero destrúyeme a mí. Yo no soy ella. Yo soy tú. Soy su idealización en tu mente. Tú mismo pones tus palabras en mi boca. Sabes que lo que digo es verdad, cariño. Busca tu vida. No la mía.
    -Eres preciosa – lloré.
   
-Cariño…
    -¿Sabes?, amor…
    -Dime. – respondió ella.
    -Lo que más me consume de todo…
    -¿Sí?
    -… es que esta conversación que hemos tenido nunca la tendré realmente contigo. Porque yo estoy soñando despierto, mientras realmente me halló en un tren camino a mi ciudad con los ojos cerrados y escuchando música. Porque está es mi fantasía personal. Porqué no me servirá de nada todo lo que hemos dialogado. Porque tú eres su idealización en mi mente, y no ella realmente, quien me ignora y me mata desde hace mucho tiempo ya. Y sobre todo…
    -Amor mío…
    -Porque todo esto no es más que un Sueño Perdido.

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