Frustración

Las nubes
rompen la claridad del día. Ciertamente, su presencia se hace molesta. ¿Quién
las ha llamado a presentarse? Mi poder humano es incapaz de hacer nada ante una
fuerza de la naturaleza. Mi esfuerzo es
inútil.

Eso
pensábamos todos. Vengo del futuro.
De un futuro mítico que nunca será real, pues es producto de mi imaginación.
Allí las cosas son como yo quiero que sean. Tengo el poder. Soy absoluto.

Pero no, no
lo soy. Esas puñeteras nubes. No se
mueven. Son insidiosas, son horrendas. Están dónde yo no quiero que estén. Las
ordeno que se muevan y no hacen nada. Lo he intentado todo. Estoy harto. Cuando parece que va a
clarear, se vuelven más fuertes.

 Al
principio, querido lector, yo no las di demasiada importancia. Me parecían
bonitas al paisaje. Pero según fue pasando el tiempo, me fui obsesionando.
Llevo mucho tiempo con este problema.

Las he
sobrevolado, las he calentado, las he disparado hasta yoduro de plata. No ocurre nada. Son impasibles,
inmisericordes. Cada zona que visitan, es declarada zona catastrófica.

Me ha hecho
dar cuenta, yo no soy el absoluto de
mi futuro. Solo un actor.

Me resigno,
y veo cómo aquellas formas van carcomiendo mi mundo mientras se ríen
sarcásticamente.

Lo veo a mi
alrededor. Nos creamos ídolos.
Formas de sustento que nos hacen sentir felices, pero que no son más que
gigantes de pies endebles, que caen
ante la primera tormenta. La verdad no nos interesa. Solo nos interesa nuestro
interés, nuestro yo inmediato. Estamos cerrados ante el mundo. Y lo peor de
todo. No somos conscientes de ello por culpa de nuestra tormenta de comodidad.

Niños que
llegamos a ser adultos, y no dejamos de ser niños.

He tratado
de todo con las nubes. He probado de todo. Y sé que la solución existe, más no
la he tenido en cuenta. Dime, amigo, ¿qué solución he de tomar? Estoy más que harto.

Desde aquí,
este “crononauta” del futuro ha de despedirse, avisando del futuro
mítico que ya ha comenzado. De un peligro que toma forma día a día. Del
derrumbe de la propia civilización. De nuestra civilización interior. Nuestra alma.

José María de la Torre Bugidos
01/03/2010

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