Soy Cristiano

Los acontecimientos recientes en Madrid, a pesar de no poder haber ido físicamente, me han hecho pensar.

Los cristianos somos un grupo que no deja indiferente a nadie. O somos odiados, o somos amados.
No suele haber medias tintas. Las críticas que nos lanzan suelen ser de varios tipos. O se nos acusan de rebaño sin cerebro que seguimos a un Dios inexistente; o se nos acusan de hipócritas; o se nos mofan de nuestra espiritualidad.

Las críticas se suelen lanzar de una supuesta racionalidad anclada en una concepción arcaica ilustrada. No somos muy diferentes de aquellas tribus a las que adoraban a un tótem para que lloviera.

Precisamente la religión judía lucho encarnizadamente contra la superstición y los tótems. Idolatría al fin y al cabo. Mas no nos centremos en este punto.

Decía que no dejamos indiferentes. Eso es porque somos muy fuertes. Pero esa fuerza no proviene de algo físico. No vamos empalando a apostatas por las calles, y mantenemos así intacta nuestra fe; aunque algunos ciertamente les gustaría. Nuestra fuerza solo es capaz de soportar los envites de supersticiones, racionalismos e ideologías diferentes si es una fuerza espiritual.

¿Qué fuerza es capaz de mantener acaso una doctrina que, a simple vista, no parece muy diferente de otras que han aparecido a lo largo de la historia, y que ha sobrevivido a todas?

A pesar de toda esa fuerza, somos muy débiles. Somos humanos, y cometemos errores. Nosotros decimos que pecamos. Otros dicen que somos unos hipócritas meapilas, o cosas peores. Esos errores pasan factura, y resquebrajan la fe mientras el llamado “Silencio de
Dios”
se hace patente en nuestra maduración personal. No solo soportamos ataques externos, si no también internos.

Durante mucho tiempo he creído que agachando la cabeza podría convivir rodeado de creencias que no eran las mías. Quería creer que esa
actitud permitiría un sano dialogo entre, por ejemplo, ateos y creyentes.

Y estaba equivocado. El dialogo imprescindible entre seres humanos no puede nacer de una vergüenza de nuestra Fe. Ellos no lo verán así, y aunque por delante puedan incluso hasta aceptarnos, por detrás nos apuñalarán hasta que nos desangremos y desaparezcamos. Por eso la fe no puede restringirse solo al área privada: Es condenarla a la desaparición que tantos desean muchos.

El dialogo ha de aparecer con el respeto mutuo; cuando ambas partes se reconocen mutuamente. Cristo solo tiene nuestras bocas y
nuestras manos
. No podemos esperar siempre un acto sobrenatural que nos acuse de fideístas. Hemos de gritar: “Aquí estamos. Somos los seguidores de Cristo.

Si os molesta, os fastidiáis; pero tendréis que
reconocernos. Estamos aquí, y no nos marcharemos. A nosotros también nos
molestan cosas, y nos aguantamos.

El ser humano no le cabe no ser religioso. El mismo hecho de ser ateo es tomar una actitud religiosa.
Relegar al ámbito privado la religión es lanzar al espació público una actitud religiosa: “qué no hay Dios”.

Y como al ser humano no le cabe no ser religioso, eso significa que le pertenece muy a dentro de sí mismo, y a través de él humano, a la sociedad entera. Lo privado se convierte en público dependiendo de la escala a la que lo veamos.

Las personas malas existen, sin duda; pero la inmensa mayoría de la gente queremos tender a hacer las cosas bien, aunque muchas veces nos equivoquemos. Muchos de quienes nos critican es porque nos consideran el mal. A esa gente también ha de llegar nuestro mensaje, nuestro dialogo. No somos gente malvada. Somos como ellos, hechos de la misma materia.

Pero no avergonzados, si no orgullosos: Somos los Hijos de Dios:
“Hola. No somos unos descerebrados. También tenemos científicos, filósofos, poetas, artistas, e intelectuales”.

Seguir a Cristo no puede, ni debe ser una decisión tomada desde la superstición; pero tampoco hace falta tener una gran
inteligencia para poder seguirle.

Podrán burlarse de nosotros, escupirnos, enfadarse, mentir sobre nosotros. Querrán avergonzarnos, y relegarnos. Blasfemarán e insultarán a Dios.

En las Jornadas Mundiales de la Juventud de este año lo he visto claro: Les hierve nuestra existencia. Les cegamos cual foco potente. El ser racional se vuelve irracional al no poder comprender qué significa y qué valor tiene realmente lo que creemos.

Me he cansado de callar. Estoy aquí y soy católico. No por manipulación, pues ¿quién manipula a quién? Si no por convicción, por reflexión
profunda. La pelota está en vuestro tejado.

No somos ni homófobos, ni asesinos, ni machistas, ni retrógrados, ni nada por el estilo. Estemos orgullosos. Somos cristianos, y nuestra doctrina se reduce a una sola palabra: Amor.

 

 

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